Me anulaste. Me menospreciaste. Me hiciste un ser inferior a ti y diste mayor importancia a cualquier comentario externo a nosotros. Me acuchillaste el corazón las veces que necesitabas sentirte grande y aún viendo mis lágrimas de dolor, nunca me consolaste. Después te tocó llorar a ti cuando después de tantos ataques me volví de hierro y no pudiste herirme más. Ahora ese hierro lo ha fundido el calor de otros besos; el ardiente abrazo embriagador del amor de alguien que me calienta cuando tengo frío y me seca las lágrimas cuando te recuerdo con dolor. Nunca te preguntes por qué sobreviví, porque a duras penas podría explicártelo.
20 mar 2012
Eres pasado
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario